el orden de las cosas
el orden de las cosas
Gabriela iba en el tren, camino a su trabajo y empezó a sonar una voz en su cabeza:
“¿Me gusta Barcelona? ¿Me gusta algo? ¿Qué es gustar? Quiero decir, ¿era feliz en Coruña, en Sudáfrica, en Chile, pero no en Barcelona? ¿Es verdad? ¿O simplemente es porque son cosas del pasado y estoy cómoda allí, en el pasado, pero el presente me asusta? ¿Nunca he sabido habitar el presente? Cuando he vivido en el presente en mis primeros años de vida, aprendí que el presente era aterrador, supongo. Cualquier cosa parecía más agradable que aquel vacío que la gente llamaba “presente”. Regalo, literalmente. A mí el presente aquel me disgustaba tanto que al parecer le puse el nombre de mis tres hermanos mellizos reales a mis tres hermanos mellizos imaginarios, con los que prefería jugar. ¿Será una errata de nacimiento? Preguntarme desde bien pequeña sobre por qué existía yo y no otra persona, era señal de que no debía estar allí. Yo nunca quise ser yo, sino alguien más, desconocido, diferente. Así nació el control sobre mi cuerpo, quizás. Habitar otro cuerpo, otra ciudad. Tenía que haber otras oportunidades. No podía yo estar conforme. Escribía lo injusto que era todo en mi diario. Ahora con 28 años, recién cumplidos, tengo apagones mentales, crisis fuertes como respuesta a estímulos que mi cuerpo, mi mente, mi yo percibe como enemigos. Me quedo tirada en el suelo, llorando, bloqueada, en un estado primitivo y vulnerable en el que solo necesito un abrazo y alguien que me saque de ahí, de ese hoyo oscuro y terrible en el que estoy atrapada y pareciera no poder salir. Solo unas palabras maternales, sencillas. Qué fácil y qué difícil parece eso de maternal. Yo, curiosamente, materno niños en crisis, y me pagan por ello. Pero, paradójicamente, cuando yo tengo crisis, no tengo quien me materne, porque no puedo dármelo a mí misma. Tiene que venir de un otro. Es extraño, ¿no? Estas crisis siempre me dejan sola en un vacío que conozco. Es un lugar en el que he estado desde siempre. Allí no existe nada ni nadie fuera de mí. A nivel consciente-lógico este lugar me transmite seguridad, porque lo conozco y sé que esde verdad. Que está ahí. Es lo único que nunca se irá. ¿Dónde estaba mi madre? ¿Y mi padre? ¿Quién era yo, qué hacía ahí? ¿Dónde estaba y de dónde venía? Hace un mes pensé que me extirparían el apéndice. Ya me sacaron la vesícula hace cinco años. “Te vas a quedar vacía”, bromeaba mi familia. Me dio miedo. ¿Quizás es que no soy un ser humano, en realidad? ¿Estaré vacía, de verdad? ¿Seré una masa vacía por dentro? Un día estos pensamientos desaparecerán y será como una bombilla que se apaga de repente, o como unas velas de cumpleaños recién sopladas. Ambas dejan oscuridad y vacío tras de sí”.